Nuevo diseño
El nuevo diseño del sitio es una amabilidad de Javier Lima.
Dicho acto altruista generó nuevas ideas y energía para crear posts, pero después de tres horas de trabajo, no salió nada decente.
Se corre el riesgo de que se actualice la estética mas seguido que el contenido, en cuyo caso me dedicaré a vender templates para WordPress. Se escuchan ofertas
Tiempo loco
Llovía desde hacía días.
Durante cinco horas estuve recorriendo infructuosamente los canales de televisión esperando encontrar un pronóstico favorable para la noche. Algunos especialistas hablaban de la tormenta del año; los canales de extremistas religiosos insinuaban el juicio final e instaban a la utilización de artículos de limpieza para expiar los pecados antes que fuera tarde (artículos que ellos proveerían por una módica contribución económica; se aceptaban tarjetas de crédito); en una mesa redonda política, un miembro de la oposición criticaba al gobierno por su ineficiencia para evitar el calentamiento global y sus repercusiones en el clima local, mientras que el representante oficialista tildaba de conspiradores al grupo de su oponente y les responsabilizaba del mal tiempo reinante; otros canales acompañaban el pronóstico del tiempo con ofertas de varios paquetes de comida enlatada, “suficientes para pasar meses en el sótano con toda la familia”; en el canal azteca, cuya programación ya estaba fijada con finalización en diciembre del 2012, un ventrílocuo charlaba de temas variados con un muñeco de nombre “Mc. Tezuma“.
Cuando ya planeaba tirar a la basura la entrada para el show, el canal 37 me renovó el ánimo: un grupo de escolares pronosticaban una noche soleada, sin tormentas, para una isla que ni siquiera intenté reconocer. Tenía lo que necesitaba, así que inmediatamente apagué el televisor y me dirigí al anfiteatro.
Afuera la ciudad parecía desierta. Aún así las sirenas que se oían constantemente daban un alegre toque musical a la tarde gris. No había transporte público, por lo que tomé un ómnibus abandonado que tenía las llaves puestas y manejé sin cuidado hasta mi destino. En el camino solamente pude ver algunos artistas callejeros charlando con limpiavidrios en los semáforos que aún funcionaban.
El anfiteatro se encontraba frente al mar. Se decía que allí dentro siempre existía viento, aún en los días más calmos de verano. Olas de cinco metros rompían sobre un pequeño puerto a tan solo doscientos metros del escenario.
Afortunadamente no cortaron mi ticket al ingresar (de hecho, no había nadie en la entrada que me lo reclamara), por lo que lo guardé con cuidado, contento de tener un recuerdo del evento.
La lluvia comenzó a caer en la mitad de la tercer canción del grupo que se presentaba. Todos los que conformábamos el público (éramos cinco) quedamos empapados a los pocos segundos. Mi pantalón se me pegaba a las piernas y podía sentir el chapoteo de mis pies dentro de mi calzado. Para evitar que se arruinara, coloqué mi teléfono celular en modo “Submarino” y lo volví a guardar en mi bolsillo. El agua ahora caía como ríos por las escaleras, saturando los desagües. La fosa que rodeaba el escenario comenzó a llenarse rápidamente.
Repentinamente el viento cambió de dirección, lo que hizo que ahora también los músicos y su equipo comenzaran a mojarse. Un cortocircuito en el escenario causó una explosión en el amplificador del guitarrista, quien fue repelido violentamente y cayó a un metro del baterista.
Aún así el show no se detuvo. El cantante velozmente tomó la guitarra y continuó tocando mientras unos asistentes se llevaban fuera del escenario al músico caído para intentar reanimarlo. Varios rayos cayeron sobre lo más alto de la bóveda que protegía débilmente el escenario y todas las luces que ambientaban el show estallaron de un modo espectacular. Afortunadamente, pensé yo, ya que los colores que se habían elegido no me parecían los más adecuados para ese tipo de música.
El viento comenzó a arreciar. Instintivamente me quité los cordones del calzado y me até a los asientos de cemento justo a tiempo. Una racha huracanada hizo volar a los desprevenidos cuatro que se encontraban cerca mío. Tres de ellos lograron asirse de las vallas de contención. El cuarto no lo logró; siguió su vuelo descontrolado hacia el oeste y lo perdí de vista.
El cantante continuaba con ahinco. Ya no tocaba la guitarra, a duras penas se sostenía con las dos manos del micrófono con su cuerpo completamente en el aire a causa del fuerte viento. El bajista perdió estabilidad y cayó a la fosa. Creí ver un par de aletas dorsales dirigirse hacia donde había visto caer al músico antes que el agua comenzara a agitarse violentamente.
La última canción fue completamente a Capella. La estructura de la bóveda se había rajado y la pantalla gigante cayó sobre el baterista, quien, al intuir su inmediato retiro del mundo del espectáculo, se despidió con el mejor rimshot que ví y escuché en mi vida.
No hubo bises. Un cable de electricidad se enredó en el cable del micrófono y el cantante prefirió soltarse antes de recibir la inevitable descarga eléctrica. Voló hacia la valla de contención, la golpeó de lleno, rebotó y se llevó consigo a los tres que hasta ese momento habían logrado mantenerse allí.
Volví a casa tres días después, maldiciendo el impredecible clima reinante. Cuando se restablecieron las comunicaciones envié un mail al canal 37, pidiendo mayor profesionalismo en los pronósticos del tiempo. Estaba extremadamente enojado, pero después se me olvidó y todo volvió a la normalidad.
¡Taxi!
Estaba apurado por llegar y, como suele suceder en estos casos, perdí el ómnibus que me servía por solamente cinco segundos. El chofer, al notar que yo corría para alcanzar el coche, aceleró, pasó a dos milímetros de mí y me saludó con una sonrisa, extendiendo su mano por la ventana con el dedo medio erguido.
Por suerte pasó un taxi, le hice señas y me subí. “Siga ese ómnibus” le dije. “¿Quiere que lo adelante para que pueda tomarlo?” me preguntó. “Solo sígalo” le dije, mientras pensaba para qué querría yo que el taxista tomara ese ómnibus dejándome solo en el taxi. “¿Quiere que me coloque al costado para que usted pueda saltar a él?” continuó interrogándome el conductor. Antes que yo pudiera contestar me mostró un reluciente revólver Magnum 357 y con ojos brillosos y mirando al infinito a través mío me preguntó “¿Quiere que lo detenga por usted?”. Me bajé en la siguiente esquina, le dejé el billete más grande que tenía y no esperé el vuelto.
No reconocí la esquina. Supuse que habíamos estado siguiendo un ómnibus equivocado. Me dirigí hacia cuatro hombres que estaban a unos metros para pedir información y tratar de ubicarme. Al estar a cinco metros noté que dos de ellos golpeaban en el estómago al tercero mientras otro lo sostenía por la espalda. Solo atiné a escuchar que el sometido respondía entre gemidos “NO LO SÉ, NO LO SÉ”. Al notar mi presencia todos me miraron. “¿Pueden preguntarle dónde puedo tomar el 121?”, atiné a decir. “¡Ya lo escuchaste!”, gritó uno antes de volver a golpearlo, pero la respuesta volvió a ser “NO LO SÉ, NO LO SÉ”. Me miraron con cara de no poder ayudarme, encogiendo los hombros. Comencé a retirarme, pero luego de dar tres pasos me di la vuelta, volví corriendo, le dí un rodillazo en el estómago, cayó y le propiné varios puntapiés en el suelo mientras le gritaba “¿Cuál es la capital de Chipre, cuál es la capital de Chipre?”, pero también obtuve la misma respuesta.
En ese momento noté que se acercaba otro ómnibus. Corrí, lo alcancé y quise subirme a él, pero el chofer me dijo que el techo estaba recién impermeabilizado y me instó a que viajara dentro, como el resto de los pasajeros.
Pagué un boleto de dos horas, pero por el cambio al horario de verano solo me sirvió durante una. Me dirigí al final del pasillo pasando entre todo tipo de músicos de variada calidad artística, desde los más humildes con panderetas hasta una Big Band Jazz, quienes solicitaban insistentemente una colaboración económica; al llegar al fondo ya no me quedaba dinero.
Viajé parado al costado del único asiento libre, el cual tenía un cartel que decía “Pintura fresca”. De repente se escuchó un estruendo, el coche se tambaleó y caí sobre el cartel, el cual dejó sus letras recién pintadas impregnadas en toda mi ropa. Nos detuvimos, bajamos y volvimos a escuchar más estallidos. Pude ver que, parapetado detrás de un taxi, alguien disparaba repetidamente a las ruedas del ómnibus. Molesto, opté por caminar el resto del camino.
Los transportes públicos no son lo que eran.
No te quemes esta noche…
Cocinar es algo que me gusta bastante. Incluso me puedo vanagloriar de ser bueno cocinando (tengo referencias). Pero aún así hay ocasiones en que las cosas no salen como se esperaba. Mirar una película, un partido de fútbol o la clásica “siestita de dos minutos” son actividades que, de ser posible, no deberían practicarse mientras se está preparando la cena.
En este caso elaboré una pequeña lista de las cosas que olvidé en el fuego/horno y que, por el resultado, implicaron un evidente esfuerzo para ser ingeridas por mí, por mis perritos o incluso las bacterias.
- Agua: como no huele, pasa desapercibida cuando uno está haciendo otra cosa (o durmiendo). Se lleva el mayor porcentaje de olvidos. Las ollas cada vez están más oscuras y con una deformación circular en el centro producto del fuego constante a máximo nivel.
- Arroz: ya que es una comida clásica, versátil y rápida, es una de las que más utilizo, y por tanto, la que entra en segundo lugar de mis olvidos. Todavía tengo ollas con marcas negras de arroz pegado, creo que incluso alguna perteneciente al siglo pasado. Además, una olla en la que previamente se haya quemado arroz, aumenta enormemente las probabilidades de que vuelva a suceder.
- Fideos: similar al arroz, solo que el tiempo de olvido debe ser mayor. Cuando uno descubre el olvido, solo encuentra una masa amorfa rellenando la olla.
- Guisos: menos habitual mis olvidos radicales y ya de una frecuencia más “normal”. Como resultado se pierden dos porciones quizás, a menos que uno “rasque” el fondo (va en gustos).
- Pizzas: en el mejor de los casos estos olvidos pueden dejar la muzzarella un poco reseca y dejar con un buen piso crocante. En el peor de los casos… bueno, ya me sucedió y tengo registros gráficos.
- Puré: antes de la invención de los purés instantáneos, uno debía pelar, picar y hervir las papas. Para los que no lo saben, las papas largan mucho humo hediondo cuando se están quemando. Si eso no lo despierta a uno, es el hermano de uno quien nos despierta a las 3 de la mañana indicándonos en lenguaje un tanto vulgar que olvidamos algo en el fuego.
- Restos de comida en el horno: no agregué éstos a una categoría específica debido a que los resultados amorfos y completamente carbonizados no permitieron su identifiación. De alguna manera la asadera donde se encontraban pasó desapercibida al poner al horno otro alimento… varias veces. Los más grandes los uso para que el viento no cierre la puerta del fondo.
De arriba, un Pol
Lista de comentarios que podrían no llegar a gustarme escuchar mientras vaya cayendo en Tándem:
- Ups!
- Te dije que me hicieras acordar de agarrar esa mochila negra!!!!
- Pues sí, hoy debería haberme quedado en la cama…
- Estaba visto, justo hoy se venció la garantía del paracaídas…
- Para explicártelo en lenguaje informático, acabamos de encontrar un “bug”…
- Pero en serio en serio te pregunto… ¿VOS NO SOS EL INSTRUCTOR?
- Bueno, ya me dijiste que creés en la suerte… ¿y en milagros?
- Se me acaba de ocurrir un juego: En 30 segundos, diga todas las razones por las que iríamos al Paraíso, empezandoooooo… YA!
- Hola!… hola, sí sí, soy yo, sigo en el trabajo… y, ahí… no, no… de hecho, voy a llegar más temprano… pregunta, ¿te animás a juntar todos los colchones en el patio y hacer una sola pila con ellos?… y, si pudieras arrancar ahora, la verdad que mucho mejor… ahhhhhh, claro, es cierto que hoy estás en lo de tu madre… no… ta, dejá, no te preocupes…
- ¿Conocés el chiste del gallego que dice “Pues seguro que allá abajo tampoco está la camioneta esperando”?
- Igual me iban a despedir…
Recetas caseras – Pizza crocante
¿No sabe qué hacer de cenar?
¿Las pizzas pre-cocidas no le quedan crocantes?
¿Quiere una opción siempre disponible?
Aquí le damos una simple y práctica solución.
Ingredientes:
- 1 Pizza (puede ser comprada o casera)
- 50 grs de muzzarella (por porción)
- Orégano, cantidad suficiente
Preparación:
- Pre-caliente horno eléctrico a 100 ºC por 5 minutos
- Cubra la pizza con la muzzarella a gusto
- Espolvorée una pizca de orégano sobre la muzzarella
- Coloque en el horno
- Suba la temperatura a 200ºC
- Dejar cocinar de 48 a 72 horas
- Servir
Características:
- No necesita conservar en freezer
- No perecedero
- Siempre lista para servir: lo cocina hoy, mañana y pasado; lo sirve cuando quiera
- Puede ser exhibido en exposiciones de arte abstracto
- Puede guardarlo al aire libre ya que no es atacado por hormigas, roedores, perros ni ningún otro ser vivo
- Combina con cualquier acompañamiento (el color negro combina con todo)
Bon Appétit!
Libro de quejas
Ultimamente no estoy cocinando mucho y me estoy alimentando de ‘snaks’ (término coqueto para decir “porquerías”) . De todos modos, lo hago de una manera crítico-responsable ya que tengo en cuenta que:
- El paquete que estoy consumiendo en este momento es de 180g y ya estaba por mitad
- Según la información nutricional que se muestra al reverso del paquete, el valor energético es de 130 kcal por porción de 25 g (1 taza de té)
- Según mi complexión y actividad física, para una dieta adecuada necesito unas 2500 kcal aproximadamente, equivalente a unos 450g (18 tazas de té) a 5.2 kcal /g
- No me quedan más paquetes de comida chatarra
Por lo tanto, si antes de dormir tomo 14.4 tazas de té puedo considerarme bien alimentado. Además, las instrucciones dicen que debo esperar de 3 a 5 minutos luego de colocar un sobrecito en una taza de agua hirviendo hasta que la infusión esté pronta, por lo que debo esforzarme en la precisión del cálculo para comenzar a prepararla entre unos 43.2 y 72 minutos antes de mi hora normal de sueño con el fin de evitar estar acostado innecesariamente o dormirme con una taza de té caliente en la mano, con los riesgos que eso implica. Además, si mis cálculos son correctos, seguramente me levante en varias oportunidades durante la noche.
A fin de cuentas, esta noche tampoco cociné. De hecho, hace mucho que no uso la cocina. La última vez que la usé fue en invierno para hacer una pizza; como la puerta del horno estaba rota desde hacía ya mucho, la llevé al dormitorio para usarla de estufa y no tener frío al dormir. Debido al aroma del dormitorio, pasé la noche soñando que trabajaba en una pizzería.
Era una pizzería bonita, con un horno a leña detrás y clientes al frente. Había un cliente muy enojado que se destacaba del resto, quienes solamente parecían molestos. Este era calvo y se quejaba de que un mozo había dejado caer intencionalmente un pelo en su sopa y que le había parecido de mal gusto. Le pregunté si lo que le pareció de mal gusto fue el chiste del mozo o la sopa. A modo de respuesta me pidió el libro de quejas. Seguido a esto otro cliente se acercó al mostrador quejándose porque la salsa Carusso tenía hongos no correspondientes y también pidió el libro de quejas. Como recién lo habíamos prestado, pensó durante unos segundos y luego me preguntó si tenía “Moby Dick“.
Más tarde entraron al bar dos muchachas jóvenes de musculosa y pantalones hasta la pantorrilla que, por la ropa, el acento y el pelo, supuse que eran francesas. A pesar de no entender mucho el idioma lograron hacerme entender que ambas querían bailar conmigo música del grupo “Ménage“. Obviamente me negué cortésmente. No solo no soy bueno bailando y estaba en horario laboral, sino que hubiera sido imprudente acceder sin haber escuchado un solo tema por la radio y no saber siquiera tararearlo. Me pidieron el “Livre des réclamations“, pero como el cliente calvo aún no terminaba de leerlo les presté “Le petit prince“. A la hora del cierre tenía varias personas quejándose del servicio, de los precios, de los impuestos, del clima, etc, todos pidiendo el libro de quejas. Por suerte tenía muchos libros. Antes de despertarme puse un buzón en la puerta de la pizzería con un cartel que decía “Devoluciones fuera de hora“.
Sonría, lo estamos filmando
Al menos desde mi experiencia personal, siempre me ha parecido más dificultosa la tarea de determinar qué falta a qué es lo que sobra. Por ejemplo, podríamos decir que a mi sala de estar (el clásico “living”) le falta un sillón esquinero, un ventilador de techo o un Home Theater. ¿Pero qué impide decir que falta una muñeca inflable al lado de la puerta de entrada donde yo pudiera guardar mis llaves y donde los visitantes pudieran colgar sus abrigos (*)? ¿Qué vuelve inválido opinar que le falta un maniquí femenino de espaldas al suelo y sosteniendo con manos y rodillas una mesa de vidrio en el centro de la sala? ¿Por qué a la pared de los dormitorios no puede faltar un clásico vibrador dentro de una caja de cristal con un martillo colgando al costado y un cartel que rece “En caso de emergencia rompa el cristal”, o una cámara de vigilancia apuntando al inodoro en el baño con un cartel que diga “Sonría, lo estamos filmando”?
El espectro posible es abrumador, y esto tomando en cuenta solamente aquellos artículos que realmente estaría dispuesto a conseguir a un precio razonable, o que simplemente me falta instalar.
Es por esto que mi casa no está ordenada (en ningún sentido). Pero la falta de orden, en el sentido estricto de la palabra (**), permite que en el hipotético caso en que alguien sentenciara “Te falta cocoa”, mi respuesta fuera “Está en el tarro que tiene la etiqueta que dice ‘Lentejas’”; permite que ante el reclamo “Se acabó el arroz” yo me jactara “En el tarro de ‘Polenta’”; y que si preguntaran “¿Y la polenta?”, la respuesta más obvia fuera “Donde dice ‘Arroz’” (estos ejemplos iban a comenzar con el azúcar, pero cuando fui a verificar, el maldito tarro contenía exactamente lo que decía su etiqueta).
Deliberadamente, por tanto, equilibré la balanza de incertidumbre en cuanto a lo que hay y lo que no hay en mi casa; es igual de difícil determinar si realmente no tengo copas de vino o que simplemente están dentro del horno eléctrico, si se acabó el papel higiénico o si simplemente está en la pared de la ducha (a tres metros y medio del inodoro).
Así que teniendo en cuenta esto y que además poseo una memoria de mosquito intoxicado, ni siquiera yo conozco qué hay o qué falta en mi casa… excepto por una excepción (de ahí el “excepto”):
Falta mi cubo Rubik
Mi cubo Rubik lo compré con el objetivo real de ganar una apuesta: en una cantidad específica de meses sería capaz de armarlo con los ojos cerrados, luego de un simple vistazo a la situación original del cubículo cuadriculáceo. Claro que en los hechos nunca lo pude armar, ni siquiera con los ojos abiertos, pero eso por falta de interesados en apostar algo interesante en mi contra.En cuanto a apuestas, exijo siempre ser desafiado de modo original, como por ejemplo, que el perdedor deba saltar en paracaídas completamente desnudo del edificio más alto de la ciudad o similares. Las apuestas recibidas ofertando dinero o familiares femeninas en edad de merecer me son completamente poco interesantes (ojo, como apuestas, si vinieran de gratis, ¡Puf!).
He comprobado por el método científico que mi cubo Rubik es el único objeto que tiene un lugar específico en mi casa: no está donde debe, y antes estaba, y yo no lo toqué. Y lo que es peor, no lo encuentro por ningún lado. Ya busqué entre la ropa limpia (que está toda arrollada sobre el sillón de dos plazas que está en mi dormitorio), en donde está la leña (dentro del lavarropas) y en el sótano (que está en el techo de la casa). El cubo no aparece por ningún lado. En realidad tengo (o tenía) dos, uno extremadamente barato, de baja calidad, y otro “posta posta”. El que falta, obviamente, es el más caro. Justamente por esto que creo que hay gato encerrado. Y yo detesto a los gatos.
La poca organización en mi casa es solamente desafiada por la poca cantidad de visitas que recibo, lo cual acota enormemente el espectro de posibles culpables. Lamentablemente las filmaciones de seguridad no revelan el hecho delictivo ya que el crímen sucedió en otra habitación de la casa. Quizás hayan más faltantes en mi casa, pero que justo falte lo único que tiene un lugar determinado es bastante triste.
No quiero tener que recurrir a mis dotes de detective para encontrar al culpable (porque fallaría), por lo que insto al culpable a que se entregue y/o, preferentemente, que entregue el cubo.
Se gratificará la información fidedigna que ayude a esclarecer el hecho.
BP.
(*): La muñeca inflable estaría, de hecho, destinada a cumplir más de una función. Siempre quise subir a mi moto teniéndola como acompañante sin casco para averiguar si los inspectores de tránsito intentaban multarme por falta de protección.
(**): Orden.
(Del lat. ordo, -inis).
1. amb. Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde.
(etcétera (***))
(***): Etcétera.
(Del lat. et cetera, y lo demás).
1. expr. U. para sustituir el resto de una exposición o enumeración que se sobreentiende o que no interesa expresar. Se emplea generalmente en la abreviatura etc. U. t. c. s. m.
Desafórico
- Todos los caminos conducen a Roma, incluso los que salen de Roma. Si naces en Roma, te quedas en Roma… o te vas en avión.
- Siempre busco la perfección. Hasta ahora he logrado ser un perfecto idiota, un perfecto inútil y un perfecto bueno para nada. Ya van tres, no es poca cosa.
- No llores por la leche derramada. Simplemente, mata a la vaca.
- ¿Es correcto guardar un respetuoso silencio ante la presencia del sordo?
- Para los daltónicos, el color de la esperanza es el rojo.
- Siempre que a uno se le prende la lamparita aparece alguien para cobrar la energía eléctrica.
- ¿Laboratorio Roche? ¿Está Miflú?
- El quemado con leche, si es tambero, llora todo el tiempo.
- Una persona de sangre fría, de mirada fría y mente fría, con seguridad debe tener frío.
- Llueve es igual a seis.
- El gordito de la CIA me tiene cansado.
- La gripe porcina ha dejado preocupado al lobo.
- ¡El último que pague la luz!
- Yo también llegué a esta página por accidente y a mi también me parece una porquería. Solo que yo decidí ayudar a desarrollar al máximo esa cualidad.
- Un a mano la bala otra.
- Todos los derechos reservados. Izquierdos aún disponibles.
- Mi chanchita no tiene gripe, tiene monedas.
- RECUERDO DE MI QUERIDA CONSTANTINOPLA
- Perdulario no bisbisea.
- Los estúpidos siempre tienen suerte.
- No busco ser perfecto. Me sale sin querer.
- Si usted evita cometer el mismo error, no digo dos, sino tres veces, créame que ya está del otro lado.
- Si sigues las instrucciones al pie de la letra, al menos te aseguras que la culpa es de quien las escribió.
- Si la culpa no es del chancho, entonces, sin lugar a dudas, es del laboratorio Roche.
- ¡Nada nada como una buena nadadora en buen estado físico y sin nada de ropa!
- El séquito se quitó sequito
- Vendo momias. Todos los colores.



