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Sueños perrunos

Friday, August 6th, 2010

Anoche soñé que mis perritos se escapaban y me preocupé mucho. Si bien son de escaparse normalmente, nunca se habían escapado en mis sueños y no están acostumbrados. Pueden llegar a lidiar con dragones ebrios apoyados en un farol de alguna esquina, aviones que vuelan en reversa piloteados por perros que fuman o quién sabe qué.

A veces sueño con un tren. Es un tren bonito, con un vagón y dos locomotoras, una en cada extremo. Dependiendo la dirección a la que precisan ir se usa una locomotora u otra. Es cómodo porque no tienen que darle vuelta para volver. En ese tren trabajan dos choferes, uno para cada locomotora. Cuando uno trabajaba el otro debe estar atento por si se cae algún pasajero por el agujero que tiene el piso del vagón. Afortunadamente nunca se supo que se cayera nadie. De saberse, indudablemente pierden el trabajo. Otra de las tareas es estar alerta a los indios. Existe aún el viejo temor a ser asaltados en el camino, aunque bien sabido es que los indios prefieren asaltar las estaciones de tren; no deben correr riesgos innecesarios saltando a la locomotora en movimiento y si coordinaban bien los horarios, aprovechan el viaje en el tren para asaltar también la otra estación.

Uno de los conductores cuenta que cierta vez vio a un indio acercándose desde una colina en una bicicleta rodado 12. Era un indio de tamaño importante, plumas en la cabeza, arco en la espalda, flechas colgando al costado y taparrabos; la bicicleta era lila, tenía rueditas de principiante en la rueda trasera y un timbre de campanita en el manubrio. Sobraba indio por todos lados, a lo ancho y largo de la bicicleta, y casi ni se le veían los pies de tan rápido que pedaleaba. Según dijo, lo vio tomar velocidad en una bajada muy empinada, siguiendo una trayectoria perpendicular a la de la dirección del tren con rumbo de inminente colision, y que la bajada por donde venía tenía una pequeña pero brusca elevación antes de las vías, la que utilizó para saltar sobre el tren. En el aire, a varios metros de altura y a gran velocidad, separó su cuerpo del asiento de la bicicleta quedando completamente horizontal, aún sosteniendo la bicicleta por el manubrio, hizo girar tres veces la rueda delantera, pataleó como si estuviera nadando, pasó por encima del tren, hizo sonar dos veces la campanilla, mientras ya bajaba se arrolló y pasó las piernas entre el poco espacio que quedaba entre las manos y el manubrio, volvió a sentarse justo antes de caer con agilidad del otro lado de las vías y siguió su camino hacia el bosque haciendo sonar la campanilla una última vez.

Vuelvo a pensar en mis perritos. Me pone nervioso pensar en qué pueda llegar a pasarles en ese hábitat salvaje, inhóspito, desconocido para ellos.

Además, ultimamente tienen la costumbre de hacer pozos por todos lados. Cada vez que llego a casa encuentro uno nuevo. Hay uno que hicieron para escaparse arrastrándose debajo del portón que da a la calle, tres frente a mi casa y cuatro en el asfalto de la calle. Agujeros de buen tamaño de ancho y profundos, ya han desaparecido dos repartidores de pizzerías y uno de una farmacia. Cada uno en agujeros distintos. Cada tanto se ve pasar una porción de pizza de un agujero a otro y un blister de calmantes en la dirección opuesta. El sistema del trueque aún funciona a la perfección.

Antes de irme a acostar voy a guardar los perritos bajo llave. Es una llave chiquita pero espero que sirva para algo.

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