Tiempo loco

Llovía desde hacía días.

Durante cinco horas estuve recorriendo infructuosamente los canales de televisión esperando encontrar un pronóstico favorable para la noche. Algunos especialistas hablaban de la tormenta del año; los canales de extremistas religiosos insinuaban el juicio final e instaban a la utilización de artículos de limpieza para expiar los pecados antes que fuera tarde (artículos que ellos proveerían por una módica contribución económica; se aceptaban tarjetas de crédito); en una mesa redonda política, un miembro de la oposición criticaba al gobierno por su ineficiencia para evitar el calentamiento global y sus repercusiones en el clima local, mientras que el representante oficialista tildaba de conspiradores al grupo de su oponente y les responsabilizaba del mal tiempo reinante; otros canales acompañaban el pronóstico del tiempo con ofertas de varios paquetes de comida enlatada, “suficientes para pasar meses en el sótano con toda la familia”; en el canal azteca, cuya programación ya estaba fijada con finalización en diciembre del 2012, un ventrílocuo charlaba de temas variados con un muñeco de nombre “Mc. Tezuma“.

Cuando ya planeaba tirar a la basura la entrada para el show, el canal 37 me renovó el ánimo: un grupo de escolares pronosticaban una noche soleada, sin tormentas, para una isla que ni siquiera intenté reconocer. Tenía lo que necesitaba, así que inmediatamente apagué el televisor y me dirigí al anfiteatro.

Afuera la ciudad parecía desierta. Aún así las sirenas que se oían constantemente daban un alegre toque musical a la tarde gris. No había transporte público, por lo que tomé un ómnibus abandonado que tenía las llaves puestas y manejé sin cuidado hasta mi destino. En el camino solamente pude ver algunos artistas callejeros charlando con limpiavidrios en los semáforos que aún funcionaban.

El anfiteatro se encontraba frente al mar. Se decía que allí dentro siempre existía viento, aún en los días más calmos de verano. Olas de cinco metros rompían sobre un pequeño puerto a tan solo doscientos metros del escenario.

Afortunadamente no cortaron mi ticket al ingresar (de hecho, no había nadie en la entrada que me lo reclamara), por lo que lo guardé con cuidado, contento de tener un recuerdo del evento.

La lluvia comenzó a caer en la mitad de la tercer canción del grupo que se presentaba. Todos los que conformábamos el público (éramos cinco) quedamos empapados a los pocos segundos. Mi pantalón se me pegaba a las piernas y podía sentir el chapoteo de mis pies dentro de mi calzado. Para evitar que se arruinara, coloqué mi teléfono celular en modo “Submarino” y lo volví a guardar en mi bolsillo. El agua ahora caía como ríos por las escaleras, saturando los desagües. La fosa que rodeaba el escenario comenzó a llenarse rápidamente.

Repentinamente el viento cambió de dirección, lo que hizo que ahora también los músicos y su equipo comenzaran a mojarse. Un cortocircuito en el escenario causó una explosión en el amplificador del guitarrista, quien fue repelido violentamente y cayó a un metro del baterista.

Aún así el show no se detuvo. El cantante velozmente tomó la guitarra y continuó tocando mientras unos asistentes se llevaban fuera del escenario al músico caído para intentar reanimarlo. Varios rayos cayeron sobre lo más alto de la bóveda que protegía débilmente el escenario y todas las luces que ambientaban el show estallaron de un modo espectacular. Afortunadamente, pensé yo, ya que los colores que se habían elegido no me parecían los más adecuados para ese tipo de música.

El viento comenzó a arreciar. Instintivamente me quité los cordones del calzado y me até a los asientos de cemento justo a tiempo. Una racha huracanada hizo volar a los desprevenidos cuatro que se encontraban cerca mío. Tres de ellos lograron asirse de las vallas de contención. El cuarto no lo logró; siguió su vuelo descontrolado hacia el oeste y lo perdí de vista.

El cantante continuaba con ahinco. Ya no tocaba la guitarra, a duras penas se sostenía con las dos manos del micrófono con su cuerpo completamente en el aire a causa del fuerte viento. El bajista perdió estabilidad y cayó a la fosa. Creí ver un par de aletas dorsales dirigirse hacia donde había visto caer al músico antes que el agua comenzara a agitarse violentamente.

La última canción fue completamente a Capella. La estructura de la bóveda se había rajado y la pantalla gigante cayó sobre el baterista, quien, al intuir su inmediato retiro del mundo del espectáculo, se despidió con el mejor rimshot que ví y escuché en mi vida.

No hubo bises. Un cable de electricidad se enredó en el cable del micrófono y el cantante prefirió soltarse antes de recibir la inevitable descarga eléctrica. Voló hacia la valla de contención, la golpeó de lleno, rebotó y se llevó consigo a los tres que hasta ese momento habían logrado mantenerse allí.

Volví a casa tres días después, maldiciendo el impredecible clima reinante. Cuando se restablecieron las comunicaciones envié un mail al canal 37, pidiendo mayor profesionalismo en los pronósticos del tiempo. Estaba extremadamente enojado, pero después se me olvidó y todo volvió a la normalidad.

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Tiempo loco, 4.3 out of 5 based on 3 ratings

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4 Responses to “Tiempo loco”

  1. Javier says:

    ¡Me gustó! ¿A quien fuiste a ver?

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  2. Esta muy chulo el blog, no lo conocia. Aprovecho para felicitarte el 2012, un saludo!!

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  3. buttonpol says:

    Gracias David, feliz 2012!!!!
    Yo tampoco conocía el blog, alguien dejó el usuario logueado y ta, lo uso a veces :)

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