Varios

Sueños perrunos

Anoche soñé que mis perritos se escapaban y me preocupé mucho. Si bien son de escaparse normalmente, nunca se habían escapado en mis sueños y no están acostumbrados. Pueden llegar a lidiar con dragones ebrios apoyados en un farol de alguna esquina, aviones que vuelan en reversa piloteados por perros que fuman o quién sabe qué.

A veces sueño con un tren. Es un tren bonito, con un vagón y dos locomotoras, una en cada extremo. Dependiendo la dirección a la que precisan ir se usa una locomotora u otra. Es cómodo porque no tienen que darle vuelta para volver. En ese tren trabajan dos choferes, uno para cada locomotora. Cuando uno trabajaba el otro debe estar atento por si se cae algún pasajero por el agujero que tiene el piso del vagón. Afortunadamente nunca se supo que se cayera nadie. De saberse, indudablemente pierden el trabajo. Otra de las tareas es estar alerta a los indios. Existe aún el viejo temor a ser asaltados en el camino, aunque bien sabido es que los indios prefieren asaltar las estaciones de tren; no deben correr riesgos innecesarios saltando a la locomotora en movimiento y si coordinaban bien los horarios, aprovechan el viaje en el tren para asaltar también la otra estación.

Uno de los conductores cuenta que cierta vez vio a un indio acercándose desde una colina en una bicicleta rodado 12. Era un indio de tamaño importante, plumas en la cabeza, arco en la espalda, flechas colgando al costado y taparrabos; la bicicleta era lila, tenía rueditas de principiante en la rueda trasera y un timbre de campanita en el manubrio. Sobraba indio por todos lados, a lo ancho y largo de la bicicleta, y casi ni se le veían los pies de tan rápido que pedaleaba. Según dijo, lo vio tomar velocidad en una bajada muy empinada, siguiendo una trayectoria perpendicular a la de la dirección del tren con rumbo de inminente colision, y que la bajada por donde venía tenía una pequeña pero brusca elevación antes de las vías, la que utilizó para saltar sobre el tren. En el aire, a varios metros de altura y a gran velocidad, separó su cuerpo del asiento de la bicicleta quedando completamente horizontal, aún sosteniendo la bicicleta por el manubrio, hizo girar tres veces la rueda delantera, pataleó como si estuviera nadando, pasó por encima del tren, hizo sonar dos veces la campanilla, mientras ya bajaba se arrolló y pasó las piernas entre el poco espacio que quedaba entre las manos y el manubrio, volvió a sentarse justo antes de caer con agilidad del otro lado de las vías y siguió su camino hacia el bosque haciendo sonar la campanilla una última vez.

Vuelvo a pensar en mis perritos. Me pone nervioso pensar en qué pueda llegar a pasarles en ese hábitat salvaje, inhóspito, desconocido para ellos.

Además, ultimamente tienen la costumbre de hacer pozos por todos lados. Cada vez que llego a casa encuentro uno nuevo. Hay uno que hicieron para escaparse arrastrándose debajo del portón que da a la calle, tres frente a mi casa y cuatro en el asfalto de la calle. Agujeros de buen tamaño de ancho y profundos, ya han desaparecido dos repartidores de pizzerías y uno de una farmacia. Cada uno en agujeros distintos. Cada tanto se ve pasar una porción de pizza de un agujero a otro y un blister de calmantes en la dirección opuesta. El sistema del trueque aún funciona a la perfección.

Antes de irme a acostar voy a guardar los perritos bajo llave. Es una llave chiquita pero espero que sirva para algo.

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Golpes y zombies – razonamiento levemente psicótico

Es conocido que cuando uno se golpea fuerte, luego, durante días, uno pasa golpeándose el mismo lugar. Como si precisáramos un recordatorio del golpe y nos gustara mantener el tono morado-oscuro de la piel. Y bueno,  nunca falta el estúpido de turno que también nos golpea por simple gracia.

Interrumpo este razonamiento de tendencias golpistas porque una señora en camisón me está mirando por la ventana y no sé qué quiere. Está en el edificio de enfrente, como dos pisos más arriba y me mira. Me sigue mirando. No hace muecas. Está quieta. Creo que ni pestanea. Como dije, tiene un camisón blanco, de vieja (con todo respeto a las viejas que tienen camisón). No puedo asegurar que esté completamente vestida porque solo le veo el torso. Es más, ni puedo asegurar que tenga piernas.  No descarto la posibilidad de que sea zombie, con el cuerpo cortado a la mitad y se esté arrastrando por la ciudad, matando comunistas y rockeritos drogados. Además, dejo de mirar, como sonseando, sigo escribiendo, a ver qué hace, vuelvo la cabeza… y sigue ahí, mirando… repito el procedimiento, silbo “dale a tu cuerpo alegría Macarena”… y me sigue mirando. Parece la madre de Norman Bates, el de psicosis…

Me dan ganas de gritarle desaforadamente:

“¿Me querés decir qué carajo querés? ¿Querés comerme los sesos querés? ¿Qué pretende usted de mi?”

Capaz que si la saludo me responde. Habitualmente saludo personas desconocidas por las ventanas a ver qué hacen. Algunos saludan, sorprendidos; otros se quedan mirando como preguntándose “¿y este?”, incluso alguno me invita a tomar un café, ver un partidito de fútbol por la televisión o a debatir acerca de la situación en medio oriente, las guerras nucleares, etcétera. O sea, lo que sucede en cualquier tertulia de amigos… pero saludar a la viejita me da vergüencita.

¿Y si la invito con un café?

¿Los zombies toman café?

¿Los zombies van al baño? ¿Hacen del uno y del dos?

Bueno, en realidad no le veo ni la mano derecha ni el brazo izquierdo, así que tampoco sé si otro zombie le arrancó las extremidades de cuajo. En ese caso le tengo que poner un sorbito en la taza de café, porque no voy a estar dándole la bebida en la boca. Capaz que entonces le invito un mate.

Ta, ya se fue. No le grité nada, no le invité nada. No fue necesario.

Ahora me vino la duda. ¿Qué me habría contado?

No hace mucho estaba debatiendo con uno de mis jefes y el sopenco de mi diseñador gráficola acerca de la imposibilidad de matar a un zombie, ya que no están bien definidos. O sea, yo argumentaba que un zombie, por definición popular, no está vivo. Entonces, uno no puede matar algo que no está vivo, ya que el acto de matar implica, según la real academia española, y cito textualmente

Matar

1. tr. Quitar la vida. U. t. c. prnl.

O sea, si no tiene vida, no lo puedo matar.

Pero, también se sabe por el acervo popular que un zombie no está muerto. ES un no-muerto. Entonces, si no está vivo ni está muerto, no le cabe el verbo matar. Le cabrán otras cosas. Eso me hace preguntarme

¿Qué le cabrá a la cabra?

¿Acaso una loca idea una loca idea?

¿Por qué en verano el sol es abrazador? ¿Qué desconsuelo lo aqueja en verano que tiene tanta necesidad de demostrar afecto, pero no está presente en las demás estaciones?

¡Pucha! Volvió la señora. Me está poniendo nervioso… y ahora se fue de nuevo, pero apareció otra, en otra ventana. Qué cómico, esta está tomando mate. Entonces, los zombies toman mate.

¿Cómo se comunican? ¿Se mandarán mensajes de texto entre los zombies?

Bueno, la señora zombie me cortó el razonamiento y ya llegó todo el mundo a la oficina, así que me pondré a trabajar… o no :)

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Ideas para el día de la madre

En breve será el día de la madre. Si a esta fecha, todavía no tiene pensado un regalo, está en serios problemas.

Pero aún así, no se acongoje, aquí estamos para brindarle ideas.

He aquí un resúmen de regalos que famosas madres han recibido a lo largo de la historia. Espero que sirvan de inspiración y que deriven en buenos y bien recibidos regalos.

regalos para el dia de la madre

regalos para el dia de la madre

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Yoda apesta – Pequeño berrinche estelar

Hace pocos minutos, y menciono este adverbio de tiempo tomando como referencia el momento exacto en que empiezo a escribir esto, porque siempre hay que tener una referencia para clarificar o visualizar las ideas o conceptos a transmitir, que ayuden al mutuo entendimiento entre disertantes, así como cuando uno dice “la segunda puerta a la derecha después de la columna redonda”, “el edificio que tiene la estatua del elefante en una pata en la puerta”, o “la rubia tetona que está con el de cara de nabo”; hace pocos minutos, decía, estaba razonando vía chat acerca de la drogadicción de Yoda, el macaco verde de Star Wars. Hablábamos de ese bicho podrido, tan colorido como un catarro, arrugado y verde como gurí en su primer tormenta marítima, tan viejo y sabio que se considera a sí mismo (y claro, siempre está rodeado de giles que le siguen la corriente), pero que aún así no puede articular una sola frase correctamente. Me lo imagino blandiendo su sable-luz mientras grita “¡¡Aquí a usar de baño un arbol perro cornudo fuera de!!”, o sino mientras asoma la cabeza por la puerta entreabierta a la voz de “¡¡¡Yegua madre hijo de su que papel se terminó el el!!!”.

El hecho radica en que tal charla me hizo acordar al momento de ver la última de las películas de la saga, que en realidad es la del medio y fue hecha muchos años después de la que viene inmediatamente a continuación. O sea, ví una película donde cualquier hijo de vecino podía deducir casi con exactitud el desenlace, es decir, con un tipo asmático que usa siempre un balde de construcción en la cabeza y tiene un radiograbador con cassette y lucecitas rojas pegado en el pecho.

Tiempo después (como un año, porque yo me tomo mi tiempo, y eso me hace acordar que tengo que tomarme mi pastilla… es que ando malito) comencé a razonar acerca de por qué tanta historia, si ya sabía el final, por qué me quejaba. Y es que en realidad esperaba que aún así me sorprendiera, que me levantara del asiento del cine aplaudiendo, que alegara completamente convencido que los Jedi son unos eunucos maricones que no saben nada, quería terminar con ganas de pintar graffitties por toda la ciudad que dijeran “Darth Vader Rules”… pero la verdad es que la escena crucial fue una escena barata, como escrita por un par de borrachos tirados en una cuneta al costado de una ruta, con el malo malo interpretado por un viejo que tenía más dificultades peleando con el sable-luz que Mohamed Alí enhebrando una aguja adentro de un carro tirado por caballos, y con una transformación de Anakin al lado oscuro que bien podía ser escrita “¿Me estás diciendo que tengo que ser malo malo malo?… ufa… bueno”.

La verdad, gusto a poco, esa película me dejó más incógnitas que otra cosa. ¿Acaso toda mi infancia viendo esas películas en cintas pirata no significaron nada para los guionistas y/o productores? ¿Dónde quedó el agradecimiento por toda mi infancia dedicada a ovacionar a la trilogía original?

Recuerdo que durante días escupí a todo aquel que me recordaba esa película. Luego de una semana comprendí que no había razones para seguir haciéndolo, ni más saliva con qué hacerlo.

Peliculones eran los de antes, qué se le va a hacer… a fin de cuentas, no hay peor sordo que el que no quiere ver.

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