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Razonamiento a simple vista
Lunes:
Hoy hablé con una amiga que no veía hacía mucho. Aparentemente está trabajando en un puesto de revistas; estaba dentro de la casucha y acomodaba la estantería. Como no me gusta estar averiguando cosas personales no le pedí que me confirmara mis sospechas, no quería incomodarla. Luego de hablar un rato le dije que me preocupaba no verla bien. Me recomendó un oculista.
Martes:
Fui a ver al oculista, sin éxito. Pregunté por el oculista de guardia y me respondieron que solo me atendería si indicaba mi rango y jurisdicción. Me fui sin dar mayores explicaciones, nunca fui hábil declarante. A la salida pasé por el área de medicina general y estaba lleno de militares que me miraban feo.
Miércoles:
Decidí buscar al especialista por mis propios medios, así que esta vez no pregunté. Cuando pude encontrar el consultorio entré sin avisar. Apenas le comenté mi inquietud al galeno, me contestó: “Pero mi amigo, usted está ciego como un topo. El cartel en la puerta dice ‘Dentista’, no ‘Oculista’. Ahora siéntese, cierre la boca y abra la boca, que cuando me habla me hace sospechar que hay gato encerrado”.
Me extrajo una muela, me colocó dos y me cobró. Todo sin anestesia.
…
Sigo dando vueltas. No veo la hora de irme, no distingo el reloj. Intenté usar el tacto, pero el reloj es digital y solo pude distinguir el segundero. Tampoco veo un cartel que diga “Salida”.
…
Hace mucho que estoy en la sociedad médica. Ni siquiera estoy seguro de qué día es. Creo haber pasado por todos los pisos. El ascensorista ya me saluda por mi nombre. Me habla de su familia, de su trabajo, de sus aspiraciones a futuro… me tiene harto, solo habla de él. Voy a empezar a ir por las escaleras, aunque me da un poco de miedo perderme. En los subsuelos siempre está la morgue, y en las morgues siempre hacen experimentos con zombies comiendo personas aún vivas. Los zombies no son tan malos, a fin de cuentas también tienen derecho a la buena alimentación. Los desagradables son los doctores que los hacen.
…
Pensé en preguntar dónde estaba el oculista en “Informes”, pero al llegar había un cartel que decía “Se responderá una pregunta por persona”. Me pareció estúpido derrochar mi única pregunta para ubicar a alguien cuya locación estaba acotada de manera determinada por paredes, techos y subsuelos. Preferí pensarlo bien y volver cuando tuviera una buena pregunta. Ahí sabrán quién soy yo.
Encontré un sicólogo en uno de los consultorios. Nunca había ido a un sicólogo, por lo que no sé si la conversación fue casual o dirigida por el profesional. Terminamos hablando de problemas económicos, problemas familiares, problemas del corazón. No pasaron 5 minutos cuando ya estaba en un estado depresivo importante, a punto de romper en llanto. Le dije que viera el lado positivo, que todo iba a mejorar, que no hay mal que dure cien años, etcétera. No creo haberlo convencido mucho. Le cobré $1000 y le dije que me llamara la semana siguiente y, si encontraba la manera de ubicar el consultorio, volvía.
…
Al fin encontré al oculista. No quería cambiarme la receta. Quería convencerme que no valía la pena, que lentes nuevos eran muy caros, que me iba a arrepentir porque no había nada para ver en la televisión, que no me servían para ver lo importante de las cosas, de la vida, de… preferí no contradecirlo y lo escuché atentamente durante dos horas. Me retiré apenas tuve lo que quería.
Lunes:
Fui a buscar a mi amiga para mostrarle mis lentes nuevos, pero en el lugar donde estaba el puesto de revistas ahora vendían comida china y el que atendía al público me miraba fijo. A la distancia no pude distinguir si me sonreía o estaba encandilado por el sol. Pensé en ir a pedir lentes para ver de lejos, pero desistí inmediatamente. Veré si lo hago en otro momento.

